Salir de deudas antes de invertir: el orden que sí funciona
Susana tenía un buen sueldo y aun así llegaba a fin de mes con miedo. Su dinero se iba en gastos básicos, tarjetas aplazadas y préstamos. Ella lo llamaba el pez que se muerde la cola, y describe muy bien por qué invertir no era todavía su siguiente paso.
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Sobre el Autor
Javier
Mas de 10 años construyendo software en empresas TOP.
Me llena divulgar, compartir y emprender.

Hay un testimonio que me quedé mirando más rato del que esperaba mientras preparaba mi análisis de la Academia de Inversión de Celia Rubio.
Es el de Susana. Tiene 44 años, dos hijos y es la única que lleva dinero a casa. Trabaja como responsable de control de crédito en una multinacional, lo cual tiene su punto: se dedica profesionalmente a vigilar que a una empresa le paguen a tiempo.
Conviene que sepas de dónde sale, porque importa.
Su testimonio está publicado en el canal oficial de la Academia, así que es material grabado por la propia formación y no una reseña independiente. Lo traigo igualmente porque es público, tiene nombre y cara, y porque lo que cuenta describe mejor que cualquier manual el problema del que va este artículo.
Susana tiene un buen sueldo. Lo dice ella misma, sin falsa modestia. Y aun así, cada final de mes le volvía el mismo pensamiento: si pasa cualquier cosa, cualquier imprevisto con los niños, ¿cómo llego?
No era una cuestión de ingresos. Su dinero entraba y se repartía siempre igual: los gastos básicos, las tarjetas aplazadas, los préstamos. Y lo que sobraba, se gastaba.
Ella lo resume con una sola imagen.
El pez que se muerde la cola.
Cuento su caso porque describe muy bien algo que veo repetirse constantemente: gente que ha decidido que quiere empezar a invertir, que ya ha leído sobre fondos indexados y sobre interés compuesto, y que sin embargo tiene una tarjeta aplazada corriendo por detrás.
Y ahí hay un problema de orden.
No de voluntad, ni de conocimiento. De orden.
Porque invertir mientras arrastras deuda cara no es avanzar despacio: en muchos casos es retroceder mientras crees que avanzas.
Vamos a verlo con números, que es donde se entiende de golpe.
Por qué invertir con deudas caras es correr hacia atrás
Pongamos que tienes 3.000 € pendientes en una tarjeta aplazada. Estos productos suelen moverse en el entorno del 20% de interés anual, aunque varía bastante según la entidad y el tipo de financiación.
Esa deuda te cuesta unos 600 € al año.
Ahora imagina que en lugar de amortizarla decides invertir esos mismos 3.000 €. Con una rentabilidad razonable a largo plazo, digamos un 8%, ganarías unos 240 € en ese año.
Haz la resta.
Pagas 600 y ganas 240. Terminas el año 360 € por detrás de donde empezaste, con la sensación de estar haciendo las cosas bien porque tienes una cartera de inversión abierta.
Hay una forma más elegante de decirlo, y es la que a mí me hizo entenderlo de verdad: amortizar una deuda al 20% equivale a conseguir una rentabilidad del 20% garantizada y libre de riesgo.
Ningún fondo del mundo te ofrece eso. Ninguno.
Por eso, cuando alguien con deuda cara me pregunta dónde invertir, la respuesta honesta casi nunca es un producto financiero. Es quitarse la deuda de encima primero, que es la mejor inversión disponible en ese momento concreto de su vida.
Si nunca has ordenado esta parte y quieres una base sólida sin reconstruirla a trozos, en su momento analicé el curso de finanzas personales de Pablo Gil, que dedica sus primeros módulos exactamente a esto antes de hablar de mercados.
La trampa de la cuota pequeña
Aquí es donde el testimonio de Susana me parece especialmente valioso, porque explica el mecanismo desde dentro y sin adornos.
Ella misma se preguntaba por qué financiaba las compras en lugar de pagarlas de una vez. Y se contesta: porque pagar una cuota pequeñita la hacía sentirse más segura que soltar el importe completo de golpe.
Léelo otra vez, porque ahí está todo.
La cuota pequeña no se elige por cálculo financiero. Se elige por tranquilidad. Aplazar reduce la ansiedad de este mes, y eso tiene un valor emocional real que sería absurdo negar.
El problema es lo que ocurre por debajo.
Cuando pagas una cuota reducida sobre una deuda con intereses altos, buena parte de lo que pagas se va en intereses y el capital pendiente apenas se mueve. Puedes estar pagando religiosamente todos los meses y ver que el saldo baja a un ritmo desesperante.
Y como la tarjeta sigue teniendo crédito disponible, aparece la segunda parte de la trampa: vuelves a usarla. Y el saldo, que estaba bajando lentamente, vuelve a subir.
Eso es exactamente el pez que se muerde la cola del que hablaba Susana.
- La TAE real de cada deuda que tengas abierta, no la cuota mensual. Es el número que importa y casi nadie se lo sabe de memoria.
Cuánto de tu cuota se va en intereses y cuánto amortiza capital de verdad.
Si tu tarjeta es de pago aplazado o revolving, porque no funcionan igual y la segunda es la que más se enquista.
El orden que sí funciona
Casi todas las formaciones de inversión empiezan por el producto: qué fondo, qué bróker, qué cartera. Y se saltan la pregunta previa, que es si estás en condiciones de invertir.
El orden que tiene sentido es bastante más aburrido, y va así.
Uno. La deuda cara. Tarjetas aplazadas, revolving, créditos al consumo con intereses altos.
¿Y dónde está exactamente la frontera entre una deuda cara y una que no lo es? En un sitio bastante concreto: en el interés que pagas comparado con lo que puedes ganar invirtiendo.
Si inviertes esperando un 8% anual, cualquier deuda que te cueste más de ese 8% te está quitando más de lo que la inversión te da. Y como la mayoría de las tarjetas aplazadas se van al 18, al 20 o más, casi siempre caen del lado caro.
Por eso el orden no es una cuestión de disciplina moral ni de «primero lo aburrido». Es una resta.
Dos. El colchón. Dinero disponible para imprevistos, en una cuenta a la que puedas acceder mañana mismo.
Tres. Invertir. Ahora sí, y con una aportación que puedas sostener en el tiempo.
Fíjate en que la hipoteca no aparece en el primer punto. Con tipos moderados, una hipoteca no es deuda cara en el sentido del que estamos hablando, y amortizarla antes de tiempo no siempre es la mejor decisión.
El problema son las deudas de dos dígitos.
Este orden es también, por cierto, el que defiende Celia Rubio en toda su divulgación. Cuando preparé mi análisis de la Academia de Inversión me llamó la atención justo eso: que de los tres testimonios en vídeo que revisé, dos no eran historias de hacerse rico invirtiendo.
Eran historias de salir de deudas.
Primero se ordena la casa.
Cuánto colchón necesitas antes de invertir
La referencia que se maneja habitualmente es de tres a doce meses de gastos. Es un rango amplio a propósito, porque depende de lo estable que sea tu situación.
Con un empleo fijo, sin cargas familiares y con red de apoyo cerca, tres o cuatro meses pueden bastar. Si eres autónomo, si tus ingresos son irregulares o si hay hijos de por medio, conviene irse a la parte alta.
Eso sí, para calcularlo hace falta saber cuánto gastas de verdad al mes. Y ese número mucha gente no se lo sabe, o lo tiene bastante más bajo en la cabeza de lo que es en realidad.
Con hijos, además, hay partidas que pesan más de lo que uno calcula a ojo.
Según la OCU, el primer año de un bebé sale de media por 7.706 €, unos 642 al mes, y la guardería se lleva la mitad. Reuní esa y otras cifras en un repaso a lo que cuestan de verdad la jubilación y los hijos, por si te sirve para poner tu número.
Susana, en su caso, acabó construyendo un fondo de emergencia de 30.000 €. Siendo la única proveedora de una casa con dos niños, tiene todo el sentido del mundo que se fuera al extremo del rango.
Y no es una cifra que se junte de golpe. Se construye mes a mes, igual que todo lo demás.
La función del colchón, además, es más sutil de lo que parece. No está solo para cubrir la lavadora que se rompe. Está para que, cuando eso pase, no tengas que vender tu inversión con prisa y al precio que haya ese día.
La mayoría de los imprevistos son aleatorios y no tienen nada que ver con los mercados: un coche, una muela, una mudanza. Pueden caerte con la bolsa en máximos o en mínimos, y ahí es cuestión de suerte.
Pero hay uno que sí guarda relación, y da la casualidad de que es el más grave: quedarte sin trabajo. Los despidos se concentran en las recesiones, y en las recesiones las bolsas suelen estar caídas. Si ese acaba siendo tu imprevisto y no tienes colchón, te toca vender justo abajo.
Sin colchón, cualquier imprevisto te convierte en vendedor forzoso. Y vender forzado es la forma más rápida de convertir una caída temporal en una pérdida definitiva.
Por dónde empezar si te has visto reflejado
Lo primero, y va sin ironía: si has llegado hasta aquí leyendo sobre deudas, ya has hecho la parte que más cuesta, que es mirar el problema de frente.
A partir de ahí, lo más útil que puedo decirte es que esto no se arregla con información. Información hay de sobra y es gratis, en este artículo y en otros mil.
Se arregla con orden y con constancia sostenida durante meses. Y ahí cada uno se conoce.
Y si te conoces lo suficiente como para intuir que esa constancia e interés la abandonarías en marzo, entonces lo que te falta no es material: es alguien detrás. Ese es el planteamiento de la Academia de Inversión de Celia Rubio, un programa largo y con acompañamiento, aunque solo abra matrícula en ventanas concretas del año.
Sea por un camino o por otro, la idea con la que quería dejarte es esta.
Quitarte la deuda primero no es renunciar a invertir. Es lo que hace que, cuando empieces, el dinero se quede contigo en lugar de irse en intereses. Y a partir de ahí entra en juego lo que el interés compuesto hace con el tiempo, que es la parte bonita de todo esto.
Susana tardó en llegar. Pero cuando llegó, llegó con la casa ordenada.
El testimonio de Susana es público y está en el canal oficial de la Academia de Inversión. Lo enlazo íntegro en mi análisis del programa.
No soy asesor financiero: este texto no pretende ser una recomendación de inversión.
Espero tengas un grán día,
Javi