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Interés compuesto: la cuenta que tardé años en hacerme

Una tarde abrí una calculadora de interés compuesto para ver dónde estaría hoy si hubiera empezado a los veintipocos. Me quedé un rato mirando la pantalla. Esto es lo que entendí ese día.

TIEMPO DE LECTURA: 6 MIN

Javier Montero

Sobre el Autor

Javier

Mas de 10 años construyendo software en empresas TOP.
Me llena divulgar, compartir y emprender.

Reloj despertador junto a tres montones de monedas de tamaño creciente, como metáfora del interés compuesto y del paso del tiempo

Hay una cuenta que tardé años en atreverme a hacer.

Llevaba ya un par de años invirtiendo. Poco, pero constante. Tenía la cartera repartida entre fondos y algunas acciones, el presupuesto bajo control y por primera vez la sensación de que aquello iba en serio.

Una tarde, por curiosidad, abrí una calculadora de interés compuesto.

No para ver a dónde iba a llegar. Eso ya lo había mirado mil veces.

La abrí para ver otra cosa: dónde estaría hoy si hubiera empezado a los veintipocos, en lugar de cuando empecé de verdad.

Metí los números. Le di a calcular.

Y me quedé un rato mirando la pantalla....

No fue un drama, que conste.

Sigo pensando que empezar tarde es infinitamente mejor que no empezar, y esa es probablemente la idea más importante de todo este artículo. Pero esa tarde entendí de golpe algo que había leído cien veces sin llegar a interiorizarlo: en la inversión el tiempo no es un factor más.

Es el factor. Y es el único que no se puede recuperar.

Qué es el interés compuesto, sin fórmulas

La definición de manual dice que el interés compuesto es el interés que generan, a su vez, los intereses. Dicho así no emociona a nadie.

Vamos con la versión útil.

Inviertes 1.000 € y ese dinero renta un 8% en un año. Terminas con 1.080 €. Hasta ahí, aritmética de toda la vida.

Lo interesante ocurre el segundo año: ese 8% ya no se aplica sobre 1.000, sino sobre 1.080. Y el tercero sobre 1.166. Y así sucesivamente.

Cada año la base es mayor, de modo que el mismo porcentaje produce más dinero que el año anterior.

No estás sumando. Estás multiplicando.

El problema es que al principio esto resulta aburridísimo. Los primeros años las cifras se mueven tan poco que da la sensación de que no pasa nada. Mucha gente abandona justo ahí, convencida de que aquello no funciona.

Y sí funciona. Lo que ocurre es que la parte buena está al final de la curva, no al principio. Por eso el interés compuesto premia una cosa por encima de cualquier otra: que lleves mucho tiempo dentro.

Si estos conceptos te suenan lejanos y prefieres una base ordenada en vez de reconstruirla a trozos como hice yo, en su momento analicé el curso de finanzas personales de Pablo Gil, que arranca precisamente por aquí y está disponible en cualquier momento del año.

Cinco años de diferencia no son cinco años de diferencia

Aquí está la parte que casi nadie tiene interiorizada, y es la que a mí me cambió la manera de mirarlo.

Uno intuye que empezar cinco años antes te deja, más o menos, un 15% mejor. Algo proporcional, vaya. Y no funciona así en absoluto.

Celia Rubio, que lleva años divulgando sobre esto, lo resume con dos cifras que en su día me hicieron parar: recortar cinco años el horizonte de inversión reduce el resultado final en torno a un 30%. Ampliarlo cinco años lo aumenta cerca de un 80%.

Los mismos cinco años. En una dirección restan treinta, en la otra suman ochenta.

La razón es que los últimos años de la curva son los que más dinero generan, porque son los que trabajan sobre la base más grande. Cuando recortas por el principio no estás perdiendo los años flojos del arranque: estás perdiendo los años buenos del final.

En una entrevista en El Español lo ponía en números concretos: 150 € al mes desde los 30 años, asumiendo una rentabilidad media del 10% anual, darían del orden de 832.000 € al llegar a los 65.

Conviene decirlo

Eso es una proyección teórica, no una promesa. Las rentabilidades pasadas no garantizan las futuras y ningún año real se parece a la media: hay años de doble dígito y años en rojo. Lo que ilustra el cálculo no es cuánto vas a tener, sino por qué la pregunta importante no es cuánto puedes invertir, sino desde cuándo.

La excusa que me duró demasiado tiempo

Durante bastante tiempo tuve una excusa perfecta. Y además sonaba responsable: todavía no tengo suficiente como para que merezca la pena.

Es una excusa preciosa porque nunca caduca. Siempre puedes tener un poco más el mes que viene. Y mientras la sostienes, lo único que ocurre es que el reloj sigue corriendo.

Lo que no vi entonces es que estaba optimizando la variable equivocada. Esperaba a tener más dinero, que es justamente la parte que menos pesa en la ecuación, mientras gastaba a chorros la que más pesa, que es el tiempo.

Si hubiera empezado con 50 € al mes el primer año que me lo planteé, hoy esos 50 € llevarían años trabajando. En lugar de eso esperé a poder meter una cantidad que me pareciera digna.

Llegué, sí. Pero llegué tarde y por el camino largo.

Cuánto hace falta de verdad para empezar a invertir

Esta es la parte que más me habría gustado que alguien me dijera con claridad al principio.

En una entrevista en La Vanguardia, Celia Rubio lo dejaba en un titular difícil de malinterpretar: hoy en día invertir está al alcance de casi cualquiera, incluso con 10, 50 o 100 € al mes.

Y no es una cifra simbólica para animar al personal. Con la mayoría de brokers y fondos indexados actuales puedes automatizar una aportación pequeña y despreocuparte. Lo relevante de esos 50 € no es lo que aportan este mes concreto: es que ponen el contador en marcha.

Hay un testimonio que se me quedó grabado mientras preparaba mi análisis de la Academia de Inversión de Celia Rubio. Isaura, optometrista, empezó a invertir a los 52 años después de tener el dinero parado en cuentas sin remunerar durante décadas. Lo resume mejor de lo que yo sabría: «empieces con 30 o yo con 52, da igual; las cosas hay que hacerlas».

Tiene razón en algo importante. El mejor momento para empezar era hace diez años.

El segundo mejor es ahora.

Lo que haría hoy si tuviera que empezar de cero

Si pudiera volver atrás y darme a mí mismo un orden, sería este.

Primero, quitarme de encima la deuda cara. Una tarjeta aplazada al 20% se come cualquier rentabilidad razonable, así que invertir con ella viva es correr hacia atrás mientras crees que avanzas.

Segundo, montar un colchón. De tres a doce meses de gastos, según lo estable que sea tu situación. Sin eso, el primer imprevisto te obliga a deshacer la inversión justo en el peor momento posible.

Tercero, automatizar una aportación pequeña y no tocarla. Pequeña de verdad: la que puedas sostener el mes que las cosas vengan mal, no la que puedas permitirte el mes que vengan bien.

Y lo cuarto sería lo que a mí me faltó: alguien a quien preguntarle. Yo lo hice solo, a base de libros y de rodeos, y funcionó. Pero me costó años que no voy a recuperar.

Ahí hay dos caminos razonables según cómo seas. Si eres de los que se pone y termina lo que empieza, con una base bien ordenada vas servido, y para eso el curso de Pablo Gil es una entrada asequible y disponible todo el año. Y si te conoces lo suficiente como para saber que sin nadie detrás lo dejarías a las tres semanas, entonces lo que necesitas es acompañamiento largo, que es justo el enfoque de la Academia de Inversión de Celia Rubio.

Ninguno de los dos es imprescindible. Todo esto se puede aprender por libre, y de hecho es lo que hice yo.

Lo único que no se puede es recuperar los años.

Nota del autor
Escribo esto desde la única autoridad que tengo en el asunto: la de haber empezado más tarde de lo que debía.

Los datos que cito son públicos y están enlazados en el texto. Las proyecciones son proyecciones, no promesas.

Y no soy asesor financiero: nada de lo que has leído es una recomendación de inversión, sino la conclusión de alguien que hizo el camino largo.

Espero tengas un grán día,

Javi

Firma de Javi

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